Quizá debido a mi timidez enseñar el interior de las casas siempre me ha parecido indecoroso. Casi como un acto pornográfico. Como abrirse por la mitad y dejar las tripas al descubierto. Y todos sabemos que las tripas, por mucho que las convirtamos en callos, no dejan de ser tripas.

Antes de que llegara la sociedad del espectáculo, las casas eran el espacio destinado a los afectos, a las lágrimas, a la debilidad. En el hogar se mostraba la verdadera identidad, allí se dejaba caer la máscara de lo social. Como se dice en Bodas de Sangre, envejecer y llorar había que hacerlo de puertas para adentro. Y, a poder ser, con la llave echada. Por eso cuando los famosos muestran sus casas en las revistas del corazón siempre he sentido que, por muy pulcras que estén, enseñan también sus vergüenzas. Enseñan lo que son o lo que desean proyectar al resto. Y no hay nada más indecoroso y más frágil que mostrar el propio deseo. 

Portada de la revista EXIT #74
Portada de la revista EXIT #74

Puede que de ahí precisamente provenga el atractivo que estos espacios, casi siempre vacíos, han tenido para los fotógrafos. Por su simbolismo, por su construcción como de naturaleza muerta y por su poder de evocación. Afirma Rosa Olivares en el prólogo del nuevo número de EXIT que “la arquitectura es también, y tal vez sobre todo, una obra de arte, como una pintura, como una fotografía, en la que vivimos nosotros”. Efectivamente es una obra de arte. Es nuestra obra de arte que creamos y a la vez nos crea a nosotros, con la que nos identificamos, en la que construimos nuestro yo interior frente al mundo exterior, siempre amenazante.  

'The Waiting', 2016 © Tania Franco Klein
‘The Waiting’, 2016, Tania Franco Klein. Cortesía del artista

Borges decía que “queda bien que en el centro de una casa monstruosa haya un habitante monstruoso”. A una casa monstruosa le corresponde, pues, un habitante de su misma naturaleza. Y en el interior, en el espacio privado de nuestras vidas, hay que reconocerlo, todos somos un poco monstruos. Es esta relación entre la intimidad y la monstruosidad la que demuestra Karen Knorr en la serie Belgravia. En sus fotografías l los seres humanos se presentan casi como una pantomima, una redundancia de aquello que el espacio ya nos está mostrando. Se identifican, así, como caracteres patéticos. Caracteres de la época del thatcherismo en los que ya se intuye esa indistinción entre la esfera privada y la esfera pública que se ha impuesto en nuestra época.  

Y cuando el monstruo no está, cuando el dueño de la obra de arte no aparece, es cuando se revela otro mucho más fuerte. Es el monstruo de la soledad, de la ausencia. Como en las fotografías de Tania Franco Klein en su serie The Waiting, fotos en las que el color matiza aún más la asimetría de lo que representan. El color satura, el espacio vacía. La tensión de la imagen representada en los objetos. El cenicero repleto de colillas. El teléfono que sonó o que lo hará en algún momento. La noticia –mala, siempre mala– que ya fue o que será. Walter Benjamin hablaba de la dialéctica en suspensión, de cómo la espera nos mantiene en un estado limítrofe, en un estado de indecisión que no nos permite avanzar. Por eso en las fotografías de Franco Klein parece que el instante decisivo se convierte en el instante traumático. Un instante que nos remite a un tiempo en el que algo pasó, en el que algo está a punto de pasar. ¿Qué espera? ¿Qué esperamos nosotros? 

Afirma Thomas Ruff en la entrevista que recoge este número que “al hacer una foto hay un tiempo específico que se congela. No puedes fotografiar el futuro”. Es cierto que el futuro no puede aprehenderse, pero la grandeza de la fotografía es que nos permite intuirlo. Toda imagen tiene una temporalidad en la que está encerrada el pasado y el presente. Como en el título del libro de Christine Ross, el pasado es el presente; es el futuro también. La melancolía de los autorretratos de Franco Klein encierra esa conjunción de tiempos que se mezclan entre sí y que escenifican la angustia existencial.

Los espacios vacíos, no cabe duda, nos apenan. Nos parecen huérfanos que representan el paso del tiempo. Un edificio que no está es un recuerdo de la muerte que algún día hará que tampoco estemos nosotros. El hombre es un ser para la muerte, decía Heidegger. Pero precisamente para sobrevivir tiene que olvidarse de su naturaleza mortal. Como en la fotografía de Juan Baraja, la casa vacía, la casa que ha sido embargada y que desaparecerá, es el filo de una cuchilla que también nos acecha a nosotros. Mudarse, perder la intimidad de los interiores, supone perder algo de uno mismo. Y, así, como si fuéramos el anciano protagonista de Up, querríamos muchas veces llevarnos la casa a cuestas. Para sentirnos, de alguna forma, irremplazables.

'ST_01 Nº9 5º dcha', 2011 © Juan Baraja
‘ST_01 Nº9 5º dcha’, 2011, Juan Baraja. Cortesía del artista

Por el contrario, Sergio del Molino, en el brillante artículo que incorpora este número de EXIT, habla sobre el apego a las casas. O más bien sobre el desapego. Sobre cómo el hogar puede ser también un espacio de conexión entre el interior y el exterior. No una separación, no la ventana como testigo, sino como espacio de mezcla, de simbiosis. Yo soy yo en mi casa con mis circunstancias, podríamos decir.  Ventanas que dejan pasarlo todo al exterior, que te conectan con el mundo. Ventanas translúcidas, que sólo dejan pasar una parte. De la misma forma que nosotros dejamos pasar algunos recuerdos y, sin embargo, bloqueamos muchos otros. 

'Verão (Summer)', Attempting Exhaustion series, 2016, Daniel Blaufuks. Cortesía del artista y de la galería Vera Cortês, Lisboa.
‘Verão (Summer)’, Attempting Exhaustion series, 2016, Daniel Blaufuks. Cortesía del artista y de la galería Vera Cortês, Lisboa.

Fotografiar el interior de nuestro hogar es casi como hacer una radiografía de nosotros mismos. Y eso nos trae el nuevo número de EXIT. Un vistazo a las tripas. Que son las casas. Que somos nosotros. 

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