Las coberturas informativas a las que debe asistir un fotógrafo que desempeñe su trabajo en un periódico son cada día distintas. Aunque bien podríamos decir que muchas de ellas se repiten año tras año. Me refiero a esa cantidad de noticias que de forma permanente componen en un alto porcentaje el calendario informativo anual: operación salida, operación retorno, rebajas de enero, rebajas de verano, empieza el cole, acaba el cole, … Un buen profesional siempre intentará encontrar un punto de vista lo suficientemente diferente, porque ese es uno de los encantos de este oficio.

© David Airob
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Pero en muchas ocasiones esa rutina informativa escapa de sí misma con coberturas cómo la que nos ocupa. Desde hace tres años, con la llegada del Carnaval y tras años de ausencia, se celebra un baile de máscaras en el Cercle del Liceu de Barcelona.

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Adentrarse en este lugar es cómo retroceder en el tiempo. Sus paredes de madera, sus diversos espacios bañados por una luz cálida, el jolgorio del baile en la Sala de los Espejos o sus participantes ataviados con las más diversas máscaras, bien podrían ser motivos suficientes para encontrarnos a un furtivo Stanley Kubrick en busca de localizaciones para su película Eyes Wide Shut.

Adentrarse en este lugar es cómo retroceder en el tiempo

El Cercle es un club privado fundado en 1847 que comparte ubicación con el Gran Teatre del Liceu. Su gestión, sin embargo, es totalmente diferente y nada tiene que ver con el centro operístico. El “Gran Baile de Máscaras” se celebró por primera vez al año 1848 y se mantuvo como una celebración anual hasta declararse la Primera Guerra Mundial.

© David Airob
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Posteriormente, la Guerra Civil Española también supuso un motivo para continuar aplazando su celebración. Sus orígenes se remontan a la Sociedad Auxiliar de Construcción constituida en 1844 con el fin de conseguir la financiación necesaria para la construcción del centro operístico a cambio de derechos de propiedad, así como del uso de algunas estancias del edificio.

© David Airob
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A principios del 2001, tras una asamblea no poco conflictiva, se aprobó la entrada de 10 mujeres cómo socias. Una de ellas, Stella Raventós, vicepresidenta de la Asociación española de Asesores Fiscales, declaraba entonces sentirse feliz por poder ir al Cercle del Liceu por derecho propio y sin tener que pedir autorización a su marido.

El club permanece abierto hoy exclusivamente para sus socios. A lo largo del año también se celebran jornadas de puertas abiertas para que el club sea visitado por cualquier tipo de público que pueda estar interesado. Los cuadros que visten sus paredes están pintados por artistas de la talla de Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Francesc Miralles o Alexandre de Riquer entre otros, y son un buen reclamo para su visita.

© David Airob
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Como fotoperiodista resulta siempre atractivo tener acceso a un ambiente tan reservado y exclusivo, sea cual sea, e independientemente del estrato social al que pertenezca. Cuando se me ofreció la posibilidad de asistir no dudé ni un segundo en aceptar cubrir la cobertura del evento para el periódico La Vanguardia, en el momento en el que la Mascarada volvió a celebrarse, ya en el 2015. Normalmente no suele resultar nada sencillo fotografiar ambientes de la alta sociedad o de corte más burgués como este; era, por lo tanto, una buena oportunidad de introducirse en ese mundo, aunque fuese solo por unas horas.

Como siempre hago a la hora de afrontar un tipo de reportaje que nunca he realizado, me afané en buscar información que me pusiera en disposición de conocer qué podía encontrarme en tan peculiar celebración. Pero, para mi sorpresa, no hallé nada que me diera la más mínima idea del devenir que iba a tener el evento.

© David Airob
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Por lo tanto, me vestí con traje –condición indispensable que imponía la organización para poder asistir y permanecer en el lugar del festejo–, e intenté llevar conmigo la mínima cantidad necesaria de material fotográfico. El equipo utilizado para la ocasión lo componían tres ópticas fijas –24, 35 y 85 mm– y un par de cuerpos de cámara; una de óptica intercambiable y otra “compacta” con una focal fija no intercambiable versátil –equivalente a un 35 mm f/2–.

Este equipo me permitía llevar conmigo tan solo una pequeña bolsa en la cintura para guardar tarjetas y baterías de recambio. Eso sí, elegí las ópticas más luminosas; era consciente de que en las dependencias del Cercle el exceso de luz brilla por su ausencia.

© David Airob
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La Mascarada es una fiesta de “alta sensibilidad”, fotográficamente hablando, y de diafragmas abiertos. Su hábitat lumínico supera valores ISO 4.000 para alcanzar un máximo de 1/125 de segundo. No soy un fotógrafo al que le guste trabajar a diafragmas abiertos, siempre intento mantenerme en parámetros medios o cerrados porque me gusta obtener la máxima profundidad de campo, pero en este caso oscilé entre los diafragmas f/1,4 y f/2.

El reportaje fotográfico se realizó prácticamente con el 35 mm –mi distancia focal preferida– y el 24 mm, éste último sólo usado en situaciones de poco espacio. El 85 mm, sin embargo, nunca llegó a salir de su estuche.

© David Airob
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Para ser del todo sincero he de confesar que, para un fotógrafo, un evento como este es algo parecido a una borrachera de imágenes, un alud de situaciones que no cesan de suceder ante tu mirada sin apenas respiro ni espacio para capturarlas. Hay muchas salas diferentes que componen el edificio y multitud la gente que pulula por ellas. Conseguir esos dos metros de perspectiva necesaria respecto a lo que estás fotografiando para así poder contextualizarlo puede llegar a convertirse en una proeza. Uno de los artículos de los estatutos del Cercle reza:

“El Círculo del Liceu es una asociación que tiene por objeto proporcionar a sus individuos los recreos y entretenimiento de la buena sociedad y es ajena a todo acto que tenga tendencia política”

Y la Mascarada es un buen ejemplo de ello. Aunque dudo que entre los asistentes se encuentren representantes de todas las tendencias políticas actuales.

© David Airob
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Sobre las ocho de la tarde se abren las puertas y los asistentes comienzan a llegar ante la sorpresa de los turistas que pasean por las Ramblas. Éstos se acercan hasta las puertas del Liceu para fotografiar con sus móviles las máscaras adornadas con lentejuelas y plumas que, poco a poco, van llenando el hall de la entrada.

Después de algunas fotos de recuerdo en las escaleras que dan acceso a la planta donde se celebra la fiesta, los invitados se van concentrando en los diferentes salones habilitados para el festejo. Como El Salón de la Chimenea, de estilo modernista, y que antiguamente se utilizaba cómo sala de audiciones o El Gran Salón, que en 1893 acogió a los heridos del atentado anarquista que se perpetró en el Gran Teatre del Liceu. La aglomeración de gente es notable y a medida que avanza la noche, los más jóvenes y aquellos que desean mover el cuerpo van llenando la Sala de los Espejos, teñida para la ocasión por luces azules y violetas.

Durante la fiesta muchos de los asistentes me preguntan para quién hago las fotos. Cuando les doy a conocer mi condición de fotoperiodista de La Vanguardia algunos de ellos me dan recuerdos para Javier. Se refieren a don Javier de Godó, Conde de Godó, editor del periódico –persona con la cual he hablado sólo una vez en 28 años–. Les digo que se los daré –si tengo la remota oportunidad– y sigo trabajando.

© David Airob
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Las horas van transcurriendo, se otorgan los premios a las mejores máscaras y la música moderna da paso algún que otro vals. En la Sala Alexandre de Riquer un camarero corta jamón y en las diferentes instancias se sirven bebidas. Pasada la media noche el cansancio empieza hacer mella entre muchos de los asistentes que poco a poco van abandonando el lugar.

La edición gráfica no es sencilla –nunca lo es– por la cantidad de fotografías que pueden llegarse a disparar en un evento como éste y, sobre todo, por la falta de encuadres limpios a causa del constante flujo de gente agolpándose delante de la cámara. Realizo la selección de la forma en la que siempre la llevo a cabo. Borro en primer lugar todas las imágenes desenfocadas así cómo todas aquellas que identifico enseguida que carecen de interés. Posteriormente, y tras esa primera limpieza, entro de lleno en la edición de las imágenes que voy a mandar al diario, borrando a la par todos los descartes. Nunca guardo la totalidad de las imágenes que hay en la tarjeta ya que me supondría un exceso de datos –y sobrecoste a la larga– en discos duros. De hecho, sólo mantengo los RAW de las imágenes que más me convencen.

© David Airob
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Hago una segunda edición salvando una veintena de fotografías, de ellas saldrán la docena que mandaré al diario, y de esas me quedaré con unas cuatro o cinco para mi selección personal. Así que de unas 300 imágenes habré salvado no más de 5.

Desde esa primera Mascarada del 2015 he podido asistir a dos ediciones más. Ninguna de ellas ha perdido su atractivo y una vez al año no deja de ser divertido. Si hay algo que me apasiona de mi oficio es esa privilegiada posibilidad de poder vivir en primera persona muchas de las cosas que suceden en mi ciudad o en cualquier otro lugar. Me gusta fotografiar historias pequeñas y cercanas.

© David Airob
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Mascarada no es un proyecto personal, es tan sólo una de tantas historias que se dan cita en una gran ciudad. En uno de los discos duros donde guardo mi archivo fotográfico tengo una carpeta repleta de temas abiertos que se iniciaron en un momento y que voy completando con el paso del tiempo, poco a poco. Son proyectos que desconocen cuál será su destino final pero que están ahí, en barbecho, para ser finalizados cuando les llegue su momento.

David Airob
Durante 28 años fue fotoperiodista de La Vanguardia, diario en el que ejerció también de Redactor Jefe de Fotografía. Paralelamente ha desarrollado trabajos personales que han sido premiados en certámenes cómo: World Press Photo, SWPP, Poy Latam, etc. Director del documental “La Caja de Cerillas”, su otra gran pasión es la música.

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